El traspié no se da contra la montaña sino contra la pequeña piedra del camino
Anónimo
Sol radiante y abrasador. Desierto árido y extenso cuyo silencio es interrumpido en momentos por el silbido típico que el desierto emite.
El anciano pastor está sentado hace ya como una hora a la sombra de una mata contemplando como las ovejas de su suegro Jetro abrevan apacibles en el oportuno hallado a los pies de Horeb. Pero algo está despertando cada vez más su atención: una zarza en lo alto de un risco que está ardiendo en fuego.
A lo largo de cuarenta años de recorrer el "Sin" ha aprendido que es cosa común que en el desierto las plantas se prendan fuego y se carbonicen cuando son expuestas a los violentos rayos del sol. El fenómeno intensifica su curiosidad hacia la brillante zarza. Si, está ardiendo en fuego pero... no está siendo consumida (Ex.3:2). Algo está por suceder en él y con él: su visión rutinaria del desierto será cambiada a la visión del monte.
Así que, la atención despierta un interés, el interés una decisión, y la decisión una acción: -Iré yo ahora y veré esta grande visión, porque causa la zarza no se quema- (Ex.3:3).
El octogenario Moisés debe subir a una parte de la montaña para averiguarlo. Esto nos demuestra que no existe un ocaso para averiguar y seguir aprendiendo. Las pequeñas piedras hacen resbalar a Moisés y cualquiera en su lugar pensaría hacia sus adentros:- Qué hago? si ya no estoy en edad de estas aventuras - pero su persistencia puede más que sus interrogantes y limitaciones y logra llegar al lugar. La visión del monte no es la cumbre alcanzada; es más bien el proceso inicial de lo que Dios quiere mostrar y demostrar que no está todo aprendido.
El milagro de la visión no es solo que Dios derrama esplendor y gloria evidenciando que es Creador y Todopoderoso, sino más bien que es Padre Eterno que nos conoce y nos llama por nuestro nombre cuando nos acercamos a su presencia. Ese será el comienzo del dialogo entre la grandiosa teofanía de Cristo y el solitario "Apacentador" de Madián: -Moisés, Moisés- y él responderá: - Heme aquí- (Ex.3:4).
Una visión no puede ser completa con solo observar , debe contener propósito para poder entenderla: - el clamor, pues de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen. Ven por tanto ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel (Ex.3:9,10)-.
Una larga pausa dramatiza la decisión abriéndose después de muchos años las puertas de su pasado: príncipe con estirpe prestada, hebreo por raza pero egipcio de crianza, ciudadano de dos mundos y de ninguno, justiciero implacable, que tiene la fuerza y el ímpetu como joven que es, capaz de terminar con la vida de un hombre con sus propias manos. Impulsos fuera de tiempo y luego el temor que se apodera de él y que actúa como su verdugo expulsándolo hacia el vasto desierto donde el viento irá borrando sus huellas en la cálida arena del desierto, mientras que en las paredes sagradas de las crónicas egipcias los artesanos estarán borrando para siempre con cincel y martillo el nombre del "hijo de la hija del Faraón".
Puede Dios querer a un líder con características tan poco favorables?.
El Dios que habla desde la zarza no recluta superhombres que se perfeccionen a sí mismos, sino hombres que entreguen sus fracasos, sus defectos sus inseguridades, sus inexperiencias, sus arrogancias y aún sus triunfos y aciertos para ser moldeados como El quiera. En Dios, no siempre una respuesta proveniente de nuestra humanidad es la contraparte de un interrogante, es a veces la sanidad de nuestro corazón herido. "Entonces Moisés respondió a Dios: ¿quién soy yo para que vaya a Faraón y saque de Egipto a los hijos de Israel? (3:11). Y la respuesta enfática y divina no se deja esperar: -Ve, porque yo estaré contigo....cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte. (3:12).
Si, haz tenido tropiezos, caídas y ciclos que no han cerrado de la forma que tu hubieras deseado querido Moisés, pero para el Poderoso de Israel esas son como pequeñas piedras, que te pueden hacer tambalear, a veces caer y sangrar las rodillas, pero no te impedirán subir a la montaña. Eres el producto de la intercesión de otros, que no son lejanos ni ajenos,, son tu familia, tu Pueblo, pidiendo que el líder se suba primero para luego conducirlos a un lugar más alto que el risco de la zarza ardiente, es la Cumbre donde se levantarán colectivamente altares de intercesión y de adoración y donde aprenderán a conocer y servir a Dios con todo su corazón.
Hoy, aunque el escenario es en otra época y cultura, y Moisés ya no está entre nosotros, la visión del monte sigue teniendo vigencia.
Estamos siendo llamados, no a una actividad que será olvidada tan pronto como el fenómeno común de una zarza consumiéndose en el desierto , sino a una convocatoria que procede del mismo corazón de Dios, el cual será perdurable, que tendrá consecuencias positivas no solo para nuestros ministerios sino también para todos aquellos hombres y mujeres que están siendo llamados como líderes emergentes y que desean subir a la cumbre junto con nosotros.
La visión del monte representa la restauración de anhelos que quedaron rezagados en el camino. Comienzo de nuevos tiempos para otros que ya creían haber terminado su protagonismo ministerial. Renovación de la llama pasional por la obra encomendada que lo rutinario de tantas jornadas y las arduas batallas vividas no podrán apagar. Restitución del potencial, dinamismo y alegría del servir que nos han querido ser robados.
Subamos al monte!, posesionémonos en Cristo y declaremos como Pablo: "Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta.....(Fil.3:13,14a)
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