En esta oportunidad vamos a hablar acerca de el poder de la oración intercesora. Es necesario que los hijos de Dios, conozcamos los recursos que el Dios Todopoderoso nos ha dado.
¿QUÉ ES LA INTERCESIÓN?
Con frecuencia usamos la palabra “intercesión” como sinónimo de “oración”. En las conversaciones comunes y corrientes es aceptable, pero no cuando la usamos técnicamente. La oración, en sentido general, significa hablarle a Dios. La intercesión es allegarse a Dios a favor de otro. Toda intercesión es una oración, pero no toda oración es una intercesión.La palabra “intercesión” se deriva del latín (inter), que significa “entre” y (cedere), que significa “salir”. Luego intercesión implica entremeterse o ponerse en la brecha. El Señor dice a través del profeta Ezequiel: “Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé” (Ezequiel 22:30). Esta es una clara referencia a la intercesión.
Teológicamente hablando: “La intercesión son los ruegos de la persona que, a la vista de Dios, tiene el derecho de hacerlo para obtener misericordia por el que se encuentra en necesidad”.
En otras palabras, la intercesión es presentarse delante de Dios en oración a favor de otra persona. Por tanto, no es ejecutar una simple oración, sino luchar en oración.
“Nada hay más poderoso que la oración; nada puede compararse con ella”. Con esta cita de
Juan Crisóstomo da comienzo Olive Wyon a su libro Prayer (Oración). Y no cabe la menor duda de que todo cristiano reconoce la verdad expresada por el distinguido Obispo de Constantinopla.
Es obvio que la oración ejerce una acción poderosa en el espiritu de quien la practica.
Descargar ante el trono de Dios nuestras congojas, temores e inquietudes nos reporta “la paz de
Dios que excede a todo conocimiento” (Fil. 4:6, 7). La confesión de nuestros pecados libera nuestra conciencia del sentimiento de culpa y, sobre la base de las promesas de Dios, nos infunde el gozo del perdón (Sal. 32:5; 1 Juan 1:9).2 La oración es una herramienta que Dios les ha dado a sus hijos para que tengan una comunicación directa con él. La cual, nos lleva a tener una relación espiritual experimental con el Padre, y a observar el poder que se trasmite a través de la oración, y ver las ejecuciones y transformaciones que Dios hace en el mundo natural, como respuesta a las oraciones de sus hijos.
17). Las fervorosas súplicas de Ana obtuvieron como respuesta el nacimiento del hijo insistentemente pedido (1 S. 1:10). En contestación al clamor de Elías, Dios le concedió una resonante victoria sobre el baalismo (1 R. 18:36), y fueron las oraciones del mismo profeta las que influyeron decisivamente en la sequía y en la lluvia (Stg. 5:17, 18).3 Por tal razón, podríamos seguir mostrando ejemplos de otros siervos y siervas de Dios que han dedicado sus vidas a la práctica de la oración intercesora, de las cuales, se han visto grandes resultados. Esto nos debe motivar a practicar una vida de oración intercesora, para que podamos observar las grandes maravillas que Dios va a realizar en otras personas, por medio de nuestras intercesiones y también en nosotros. (Aunque no todos los pasajes citados arriba tienen relación directa con la intercesión, sí sirven para mostrar el poder de la oración.)
En una ocasión el escritor Patrick Johnstone expresó lo siguiente respecto a la intercesión: “lo que sí cambiará el mundo es nuestra intercesión. Mi difunta esposa, Jill, por muchos años sintió la necesidad de escribir un libro que ayudara a los niños a orar por el mundo. Su título: You Can Change the World (Tú Puedes Cambiar el Mundo), surgió del colapso del comunismo y del cambio radical que ocurrió en Albania cuando un grupo de niños en Londres empezó a orar sistemática por ese país, hasta ese momento cerrado al evangelio. En la primera parte del capítulo ocho de Apocalipsis vemos el impacto de las oraciones de los santos sobre el destino del mundo. Es importante que los hijos de Dios, entendamos la gran importancia de la oración intercesora. Porque a través de nuestra intercesión, Dios puede hacer que lo imposible se vuelva posible. Por tanto, es necesario que intercedamos por el sistema de este mundo y por las personas que vivimos en él.
Separados de Dios quedamos indefensos delante de Satanás, pero unidos a Dios no hay razón para temerle al diablo. En Efesios 6:10-18, Pablo nos indica no sólo la armadura que debemos ponernos sino las armas ofensivas, o sea, la espada del Espiritu “que es la Palabra de Dios” y la oración “en el Espíritu” que debemos empujar. Demasiados siervos de Dios se han metido tanto en la guerra espiritual, que han descuidado la armadura divina y han engrosado la lista de bajas en la lucha.5 Es necesario que tengamos presente la forma cómo debemos enfrentar a Satanás, practicando una vida de oración intercesora. En primer lugar digamos que:
Primero, por la sangre del Cordero. Por medio de su sacrificio en la cruz, Cristo ha eliminado de una vez y para siempre nuestra culpa ante la presencia de Dios, a tal grado que Satanás ya ni siquiera puede acercarse a Dios para acusarnos. Con tal de que le confesemos a Dios cualquier pecado que pueda surgir en nuestra vida, estamos completamente seguros en los brazos de Cristo.
Segundo, por nuestro testimonio. Contra la mentira del diablo podemos usar nuestro testimonio acerca del Señor Jesús, nuestra posición en el Amado, y quién va a vencer. Es el Espíritu quien nos da poder para testificar y quien nos avisa, al retirar su paz del corazón, cuando algo necesita arreglarse en nuestra vida (Colosenses 3:15).
Tercero, por nuestro compromiso hasta la muerte. Frente a las amenazas y los arreglos que propone el diablo, debemos abandonarnos a la voluntad de Dios, sea para vida o para muerte (Filipenses 1:20). Tal actitud deja a Satanás impotente.
La gracia de Dios es completamente gratuita, pero si queremos ministrar esta gracia a otros, esto tiene un precio: morir a nuestra autosuficiencia (2 Corintios 1:8-11). Tenemos que identificarnos totalmente con el objeto de nuestra intercesión así como lo hicieron Moisés
(Éxodo 32:32), Pablo (Romanos 9:3) y Cristo mismo (Isaías 53:12). El báculo de Elías en manos de Giezi no ayudó al hijo de la sunamita. Sólo la intercesión comprometida de Elías le pudo dar vida (2 Reyes 4:29-37). Existe el peligro de confiar en báculos, técnicas y la experiencia, en vez de una costosa dedicación hacia liberaciones verdaderas y eternas.7 Es fundamental que el intercesor se comprometa con el objeto de su intercesión delante de Dios, porque en realidad el que intercede en oración a favor de otro, está luchando en el mundo espiritual para buscar un beneficio en el mundo natural de parte de Dios, para el bienestar de dicha persona.